Desde que he puesto pie en España la gente habla mucho de crísis. Dicen que la explosión de la “burbuja inmobiliaria” llevó en picada a la industria de la construcción hasta el fondo del abismo. Se dio entonces el efecto dominó; una actividad fue empujando a otra y comenzó el tiempo de vacas flacas.

Y ahora dicen que hasta ahora comenzó la crisis… (valga la redundancia), siempre el momento de la crisis es hoy.

Este es el tema de conversación en los autobuses, en los bares, en los parques, en las bodas, en los funerales, en los lechos carnales, en las peluquerías, en los taxis, etc.  Es así, antes de comenzar a sentir los verdaderos efectos de una recesión la gente se declara en absoluta carestía.

Cuando Lehman Brothers anunció su banca rota me inquieté. Augurios de pobreza y escasez aparecieron como situaciones vívidas en mi cabeza. Lo primero que visualizé fue la idea todos mis proyectos a mediano plazo fracasados antes de siquiera alcanzar su realización. Me imaginé sentada en este mismo escritorio desde adonde ahora camuflajeadamente escribo, en esta misma empresa,  vendiendo el 30% de mis habilidades disponibles al 20% de su valor real en el mercado.   Endeudándome hasta mi tercera generación (la cual aun no tengo) por tener 40 metros cuadrados de espacio propio en medio de un edificio con hogares arriba y hogares abajo y encarcelando mi vida en empleos como éste para poder tener una vejez menos indigna por medio de la jubilación.  -Y así mi mente volaba en medio de ese desierto al que otros llaman “una vida normal”  y mi pecho respiraba agitadamente casi en sensación de asfixia…-

Poco a poco recuperé la calma y en primer lugar me enteré de que justamente me estaba dejando absorver por el sentir colectivo, por el miedo a la ausencia de abundacia. Como chispas que salpicaron mi cerebro me vinieron varios recuerdos de verdaderos momentos críticos en el seno de mi familia, en mi pais, entre mi gente, mis compatriotas y los demás seres humanos que no viven justamente en el primer mundo, si no en los paises donde permanentemente se está en crisis, donde lo normal es la escasez.

Recordé cuando mi madre colocaba cinta adhesiva entre la suela de mi zapato y el cuero para que no se notara su rotura mientras juntaba el dinero para comprarme zapatos nuevos; cuando comíamos sopa de pollo sin pollo todos los almuerzos y las cenas. Mi padre decía amenudo que no me quejara porque yo era afortunada y para demostrármelo me narraba episodios de su infancia, como por ejemplo, cuando en su pueblo habíans hambrunas para matar el hambre comían todo lo que encontraran, con suerte una tortilla de maiz con sal una vez al día y si no a a guantar. Tampoco habían medicamentos ni hospitales, su hermanito menor murió de deshidratación por falta de un médico o por la ignorancia propia de esos lugares, donde nadie les dijo que a un niño con diarrea hay que suministrarle agua o podía morir por deshidratación.

No he sentido en carne propia esta clase de necesidades básicas insatisfechas, ese dolor de estómago agotador; pero si recuerdo haber convivido a diario durante casi 30 años con el rostro del hambre en la mayoria de las caras.

Conozco los efectos irreversibles de la miseria en la conducta humana, la pobreza como regla y no como excepción. La decadencia del ser humano cuando se le desprovee de sus recursos básicos.

Trato de ignorar los comentarios de ésta gente afortunada que ha nacida en este país grande y poderoso en circunstancias excepcionales cuando hablan de su gran crisis, de su pobreza… A veces no se si siento lástima por ellos o solo es que no les comprendo.

¿Quién se ha quedado hoy sin bocado hoy en este pais? ¿Quién ha muert hoy aquí por no tener medicina ni atención médica? ¿Quién vive pensando si perderá o no el derecho a aprender a leer y escribir? ¿Quién ha perido el derecho a un sorbo de agua potable?

No perdamos la perpectiva. Sabemos que hay problemas, que los recursos merman, que las cosas no estan tan buenas como hace unos pocos años, pero que no cunda el pánico.

Mientras seamos incapacez de de reconocer nuestra fortuna, seguiremos ahogándonos en nuestra propia saliva.