Pese a las críticas y advertencias volví.

Fueron muchos los malos augurios, las discrepancias, las predicciones de un futuro escaso y miserable, las posibilidades de un abandono afectivo y el inminente fracaso de un matrimonio errado, doloroso y frágil, aunque mi corazón estuviera lleno de esperanzas.  La gente a mi alrededor me lo dijo,  dudando de mi cordura, de mi valor para enfrentar aquellos temores que me carcomían la existencia en el inolvidable Madrid, en la gloriosa España.

Y antes de volver besé con mis labios Granada y rosé con mi piel la nieve sobre La Alhambra en un día frío y envuelto en caricias para mi alma. Mi pecho albergaba la admiración por aquella cultura usurpadora que selló su presencia en los muros, en los jardines resultado del magistral gusto de los arquitectos de los sultanes; y yo de nuevo me dije ¡Heme aquí, bendita entre los hombres y mujeres que no han podido ver lo que en aquel momento mis ojos me dejaban ver!

Me dije a mi misma que aquel día no sería el último en que me sentiría tan pequeña por ser yo y tan grande por poder estar en un lugar así.

Y hace casi tres años yo pensaba que había visto lo mas hermoso del mundo…

En Julio del 2007, en una tarde calurosa, después de pasar mas de una hora probándole a un policía de inmigración egipcio que el país ” Honduras” si existía y de firmar un compromiso que me obligaba a no asilarme en Egipto, le vi. Era él, el templo de Luxor, apareció ante mis ojos de repente,  irreverente, soberbio, dejándome sin aliento, solo con una lágrima de júbilo deslizándose por mi mejilla y en absoluto mutismo. Y esto fue solo el principio, nueve días de absoluto derroche visual por aquel extraño país donde la herencia monumental e histórica se complementaba con la particularidad de su gente y de su comercio.

Y como esa fueran varias experiencias que me traje impregnadas en el alma. Fue España,  Italia, Francia,  Egipto y cada ciudad de ellas las que hoy están gravadas en mí, como parte de lo que soy, de lo que se y de lo que quiero ser y hacer.

Y yo, esa misma mujer que ayer vio algunas de las maravillas del mundo yace hoy en medio de una pequeña y desordenada ciudad, en la casa de su infancia, bajo las escaleras donde un día le besó aquel amante adolescente, en aquella grada donde ahora escribe con un nudo en la garganta.

En mi Tegucigalpa, donde no hay metro ni tren, ni semáforos para peatones. Es aquí de donde soy, de donde me siento pertenecer, el lugar que he escogido para estar, para ser, para crecer y envejecer.

Al dejar España varias cosas sucedieron como me las temía, me abandonaron, me traicionaron, es cierto. Mas no fue ni mi país, ni mi ciudad, ni mis oportunidades, ni mis capacidades las que fallaron, tampoco me fallé a mi misma. Tengo el corazón destrozado y a veces siento desmayar, pero aun me abrazo y me digo que esto es el fin de una historia cruel y el comienzo de otra nueva etapa que será buena y saludable.

Y hoy hace dos meses puse un pie en mi tierra hondureña dejando el corazón en Madrid con el hombre que amé desde que tuve 18 años, ahora que soy la mujer adulta de 33 años que soñó con aquel ideal romántico mismo que me llevó a exiliarme voluntariamente en aquella ciudad, vivo con la esperanza de seguir conociendo el mundo por pequeñas partes y con el anhelo de ser amada un día por lo que soy, tal cual soy, porque soy especial y porque tengo mucho que dar.

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